El verdadero cisma

Una parte tanto del sector ilustrado radical del catolicismo -vulgo “progre”- como del ilustrado conservador (*) -vulgo “neocón”- anda exhibiendo últimamente el espantajo de un cisma visible ante el evidente estado de descomposición de la unidad de la Iglesia. Ambos sectores se han tomado en serio el famoso “hagan lío” del actual Pontífice, Francisco, quien decidió que en vez de dedicarse a cumplir el ministerio de “confirmar a los hermanos en la fe”, era hora de poner prácticamente todo patas arriba, especialmente en lo relacionado a la moral y los sacramentos. Como bien señaló a principios de este año Alonso Gracián:

Amoris laetitia es la constatación de la insana «creatividad» situacionista, conforme a la asimilación irresponsable del alma de la Modernidad. Amoris laetitia es consecuencia del personalismo y de la Nueva Teología.

Se puede hablar de otro sector de la Iglesia, el tradicionalista, muy minoritario pero reactivado últimamente por plumas seglares de reconocida popularidad e incluso por un par de obispos, caso de Mons. Schneider y Mons. Viganò. Este último, conocido en el mundo entero por el caso McCarrick, está “resucitando” el debate sobre el CVII. Debate, curiosamente, al que no prestan apenas atención los radicales, pues dan por amortizado dicho concilio y se disponen a ir más allá del mismo. Las reacciones, en no pocos casos furibundas, contra el cuestionamiento del CVII están llegando de filas conservadoras. Por su parte, el sector lefebvrista del tradicionalismo, protagonista precisamente del último pseudo-cisma oficial (incompleto según el cardenal Castrillón Hoyos) que fue “solucionado” por Benedicto XVI, está “contemplando los toros desde la barrera”, supongo que experimentando una especie de deja-vu. O sea, “esto ya lo hemos vivido”.

En mi opinión el cisma real fue gestado y alumbrado hace ya bastante tiempo. La unidad de la Iglesia es desde hace décadas como la vida del toro al que el torero acaba de entrar a matar eficazmente. Todavía se tiene de pie, pero está más muerto que vivo. Solo hace falta un leve toque en la cabeza para que se desplome. Y si no, el descabello.

Ni obispos ni sacerdotes ni religiosos ni seglares de todos los sectores señalados profesan la misma fe. No la profesan en materia moral. No la profesan a nivel litúrgico. No la profesan a nivel de muchos dogmas (¿cuál no ha sido cuestionado?). Es decir, del catolicismo se ha apoderado el espíritu de división típico del protestantismo. Cada cual cree lo que le parece y actúa en consecuencia. Y sin embargo, se ha ido manteniendo una especie de ficción de unidad visible en torno a la figura del papado. 

¿Quién, cuándo y cómo puede provocar un cisma “visible”? Sinceramente, dudo que se produzca algo así. Los alemanes parecen muy cerca de ello, y el cardenal Woelki, que no es precisamente un ultra-conservador, ha advertido en repetidas ocasiones (ver aquíaquí y aquí) que la asamblea sinodal puede acabar muy mal. En un sentido parecido se han pronunciado el cardenal alemán Paul Josef Cordes, el arzobispo de Denver y, hace ya años, el P. Dwight Longenecker. De hecho, los obispos católicos ucranianos se vieron en la necesidad de exhortar a los alemanes a no separarse de las Escrituras y la Tradición.

El último en hablar de cisma en la Iglesia ha sido el cardenal Eijk, arzobispo de Utrech. Y lo ha hecho para decir que no cree que ocurra:

«Muchos hablan del peligro de un cisma, pero pienso que no lo habrá. Pienso más bien que en muchas partes del mundo sucederá lo que ya sucedió con nosotros en Holanda. Hubo una sanación silenciosa a través del recambio generacional. […] Porque, en última instancia, ¿quiénes permanecen en la Iglesia? Prácticamente ya no están los sacerdotes y laicos de 1968, de aquellos años de confusión y con ideas ultra progresistas. En Holanda todavía están los que creen, oran y tienen una relación personal con Cristo».

Al mismo tiempo el cardenal holandés reconoce que la Iglesia sufre una profunda crisis de fe. Estoy de acuerdo con él en el diagnóstico y en el pronóstico, aunque no en las razones para el pronóstico.

Es decir, me parece evidente que la actual no solo es la peor crisis de fe en la historia de la Iglesia, sino que ha alcanzado la categoría de apostasía generalizada. Ciertamente hay elementos de esperanza en África y, aunque menos, en zonas de Asia, pero nunca antes la jerarquía católica había incumplido de forma tan notable su tarea de confirmar en la fe. Entre los que la profanan y los que se callan ante la profanación, el panorama es desolador. Hay doctrinas como el Reinado Social de Cristo (con su triple potestad), la necesidad de estar en gracia para comulgar, la indisolubilidad real, y no meramente nominal, del matrimonio, la verdadera libertad -siempre orientada a la verdad y no como derecho al error-, etc, que han sido aniquiladas o están en proceso de aniquilación. Y salvo unas ligeras protestas sin sustancia -p.e, no caben dudas (dubia) de la heterodoxia de Amoris Laetitia-, prácticamente nadie hace nada.

La verdadera batalla parece librarse entre aquellos que quieren llegar a las últimas consecuencias de la revolución que ya denunció y combatió San Pío X (modernismo), y los que quieren impedir tal cosa pero no tienen la menor intención de desandar lo ya caminado, especialmente en las últimas décadas. Pongo un ejemplo para que se me entienda. Los conservadores esperan que no se avance por el camino del documento de Abu Dhabi firmado por el papa argentino pero no están dispuestos a denunciar el encuentro de Asís protagonizado por el papa polaco. Se repite en la Iglesia el esquema de los liberales tras 1789: radicales que quieren una locomotora que vaya a toda prisa y conservadores que paran el tren pero se mantienen en la misma vía y confirman parte de lo que los primeros han llevado a cabo. Es por eso, y no por el recambio generacional del que habla el cardenal Eijk -¿acaso no hay cardenales jóvenes “progresistas”?-, que pienso que, aunque lo hay de facto, no habrá cisma visible. Progresistas y conservadores tienen más en común de lo que están dispuestos a aceptar.

¿Cómo pienso que saldremos de esta crisis? Creo que la explicación más plausible a lo que está sucediendo es la escatológica. Y que estamos ante lo profetizado por San Pablo en 2ª Tes 2,3 y por algunas apariciones de nuestra Madre y Señora, la Virgen. Las Puertas del Hades no prevalecerán porque el Señor mismo se encargará de impedirlo. Pero solo Dios sabe si estamos en esa situación.

Laus Deo Virginique Matri

Luis Fernando Pérez

(*) Benedicto XVI, en su discurso a la curia romana en las Navidades del 2006, dijo que “es necesario aceptar las verdaderas conquistas de la Ilustración, los derechos del hombre, y especialmente la libertad de la fe y de su ejercicio, reconociendo en ellos elementos esenciales también para la autenticidad de la religión”. Y hay otras declaraciones suyas en ese sentido. En mi opinión representa claramente el catolicismo liberal moderado.

El P. Santiago Martín y el cisma “inevitable”

 

Aprecio mucho la labor del P. Santiago Martín, sacerdote que desde hace años está haciendo un esfuerzo considerable por defender la doctrina católica sin arremeter a su vez contra Francisco, a quien siempre evita criticar abiertamente.

En este vídeo hace un análisis de lo ocurrido en los últimos meses en torno al CVII. Se refiere sobre todo a la postura de Mons. Viganò, pero se puede decir lo mismo de la de Mons. Athanasius Schneider y los obispos -todos ya retirados- que están apoyando sus tesis sobre el último concilio.

En los primeros minutos del vídeo, el P. Martín incurre en todos los típicos tópicos sobre el CVII mantenidos por el sector conservador de la iglesia post-conciliar. No se deja ni uno. Pero no es eso lo que me interesa. Sí me interesa su tesis de que solo un milagro puede evitar un cisma dentro del sector conservador.

Primero establece lo que para él son los sectores en los que se “dividió” la Iglesia tras el CVII:

– Los que rechazaron el concilio, con Lefebvre como figura destacada. Acaba en cisma, dice, pero no añade que la razón del mismo no fue técnicamente doctrinal, sino “jurisdiccional”. Es decir, se ordenaron obispos contra la voluntad expresa del Papa lo que provocó la excomunión de los ordenantes y los ordenados. Esas excomuniones fueron levantadas por BXVI.

– Los que sí aceptaban el concilio. Que a su vez se dividían en dos:

1) Los que lo aceptaban -y aceptan- si se interpretaba en continuidad con la Tradición.

2) Los que decían -y dicen- que se debía interpretar conforme al “espíritu del concilio”.

Bien, precisamente esa división establecida por el P. Santiago Martín tiene la virtud de poner en el mismo bando a los que aceptan el CVII -conservadores o revolucionarios-, en oposición a los que sostienen que es una ruptura con la Tradición. Señores, ese es el verdadero “cisma”.

El P. Martín comete luego el error de hablar de una división dentro del bando conservador que va a llevar a una ruptura -cisma- que solo puede evitar un milagro.

No, mire, no es una división ENTRE conservadores, sino entre tradicionalistas y conservadores. Lo único que hoy ocurre es que algunos que eran conservadores -no pocos y cada vez más, pero todavía muy minoritarios- se han pasado al tradicionalismo, que por otra parte no está ocupado solo por el lefebvrismo.

Viganó, Schneider y los cinco obispos que se sitúan en su postura (todavía no sé sus nombres) no pueden ser considerados conservadores. No lo son. Son tradicionalistas. No cismáticos -no han ordenado obispos contra la voluntad del Papa-, pero doctrinalmente sostienen exactamente lo mismo que sostenía la Iglesia antes del CVII, rechazando las novedades conciliares que los propios papas post-conciliares han reconocido. Y es aquí donde les vuelvo a recordar a ustedes que ha sido Benedicto XVI, -no solo Lefebvre, no solo Viganò, no solo Schneider-, quien ha reconocido que el CVII asume el concepto de libertad religiosa y de los derechos humanos de la Ilustración -o sea, de la masonería- y el estado moderno.

En otras palabras, según BXVI el CVII asume algo que la Iglesia había condenado de forma unánime y continua desde 1789 hasta el propio concilio. Pretender que puede haber una continuidad entre la condena de una doctrina y su asunción es cargarse el principio de no contradicción. Y, en mi opinión, es una falta de honestidad que encima abre las ventanas a la apostasía generalizada -el famoso humo de Satanás- ya que si eso lo hacen con una doctrina que afecta al dogma sobre el Reinado Social de Cristo, lo pueden hacer con cualquier doctrina que afecte a cualquier dogma de la Iglesia. Que es exactamente lo que está ocurriendo hoy, con Roma al frente de la Revolución.

Así que, efectivamente, la ruptura parece inevitable. Pero no entre liberal conservadores (BXVI) y liberal revolucionarios (Francisco), sino entre los que defienden la fe católica tal y como era antes del CVII y aquello en que la han querido convertir después.

Luis Fernando Pérez Bustamante

Viganò el cismático

pachamama

Sandro Magister ha escrito un artículo en el que acusa abiertamente a Mons. Carlo Maria Viganò, arzobispo y Nuncio emérito de EE.UU, de estar al borde del cisma.

Don Sandro sostiene que:

– Viganò se acerca al cisma por mantener que el CVII supone una ruptura con el Magisterio anterior.

– Viganò se acerca al cisma al acusar a Benedicto XVI por sus “intentos fracasados de corrección de los excesos conciliares invocando la hermenéutica de la continuidad“

¿Qué se le ocurre a Magister para rebatir a Viganò? Darle la palabra a Benedicto XVI. ¿Cómo? Recordando “su memorable discurso a la curia vaticana en la vigilia de Navidad de 2005“. Y ya les adelanto que se trata de un discurso en el que junto con el que pronunció al año siguiente, Benedicto XVI sostiene sobre el CVII exactamente lo mismo que Mons. Lefebvre. Uno, el Papa alemán, para reafirmar los cambios. Otro, el arzobispo francés, para condenarlos.

Y, OJO AL DATO, el propio Magister reconoce lo siguiente:

“Efectivamente, es innegable que sobre la libertad religiosa el Concilio Vaticano II marcó una clara discontinuidad, por no decir una ruptura, con la enseñanza ordinaria de la Iglesia del siglo XIX y principios del XX, claramente antiliberal”.

Es decir, Magister reconoce que Viganó tiene razón. Sin reconocerlo, a la vez, le da la razón a Lefebvre al calificar de ruptura el CVII respecto al Magisterio anterior. Y reconoce que Benedicto XVI admite tal hecho pero a la vez pretende que donde hay discontinuidad y ruptura en realidad hay a la vez continuidad.

Vamos al discurso del papa alemán. Cito:

El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia. Esta puede ser consciente de que con ello se encuentra en plena sintonía con la enseñanza de Jesús mismo (cf. Mt 22, 21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos.

Benedicto XVI reconoce, pues, que el CVII asume el principio del estado moderno a la hora de definir la libertad religiosa. Poco después, ratifica que eso supone una novedad que corrige la enseñanza anterior de la Iglesia. Y no contento con ello, afirma que esa aparente (sic) discontinuidad es cosa maravillosa:

El concilio Vaticano II, con la nueva definición de la relación entre la fe de la Iglesia y ciertos elementos esenciales del pensamiento moderno, revisó o incluso corrigió algunas decisiones históricas, pero en esta aparente discontinuidad mantuvo y profundizó su íntima naturaleza y su verdadera identidad.

Por si la cosa no había quedado clara en las Navidades del 2005, al año siguiente el papa Benedicto XVI volvió a explicar en qué consistió el Concilio Vaticano II. Y lo hizo de forma aún más contundente:

En el diálogo con el islam, que es preciso intensificar, debemos tener presente que el mundo musulmán se encuentra hoy con gran urgencia ante una tarea muy semejante a la que se impuso a los cristianos desde los tiempos de la Ilustración y que el concilio Vaticano II, como fruto de una larga y ardua búsqueda, llevó a soluciones concretas para la Iglesia católica.

Se trata de la actitud que la comunidad de los fieles debe adoptar ante las convicciones y las exigencias que se afirmaron en la Ilustración. Por una parte, hay que oponerse a una dictadura de la razón positivista que excluye a Dios de la vida de la comunidad y de los ordenamientos públicos, privando así al hombre de sus criterios específicos de medida. Por otra, es necesario aceptar las verdaderas conquistas de la Ilustración, los derechos del hombre, y especialmente la libertad de la fe y de su ejercicio, reconociendo en ellos elementos esenciales también para la autenticidad de la religión.

Como ven ustedes, Benedicto XVI admite que el Concilio Vaticano II asume el principio de libertad religiosa de la Ilustración y del estado moderno. Y no contento con ello, afirma que ello supone para la Iglesia asumir de nuevo -antes no lo hacía- la enseñanza de Jesús, recoger el testigo de la Iglesia de los mártires y sostener la autenticidad de la religión.

Llegados a este punto, y antes de seguir, es necesario plantear algunas preguntas y dar las respuestas:

– ¿Es cierto que desde la Ilustración hasta el Concilio Vaticano II los Papas habían condenado expresamente la libertad religiosa?

Sí. Creo innecesario llenar este artículo de citas pontificias.

– ¿Es cierto que esa condena unánime era de carácter magisterial?

Sí. tanto por la naturaleza de los textos de los Papas como, sobre todo, porque se basaba en un principio elemental de la fe católica: el error no tiene derechos. Puede llegar a ser tolerado, ciertamente, pero derechos… ninguno. Lean ustedes Libertas Praestantissimum de León XIII.

– ¿Ese magisterio pontifico preconciliar versaba sobre una doctrina fundamental para la fe católica?

Sí, porque entra de lleno en la cuestión del Reinado Social de Cristo. Y si alguien sostiene que la doctrina sobre la soberanía de Cristo sobre lo espiritual, lo temporal y los individuos y la sociedad (véase Quas Primas de Pío XI) es un tema menor y desechable, ya puede ir dejando de celebrar la Solemnidad de Cristo Rey, lo cual es lo mismo que dejar de confesar a Cristo. Eso, señores, es apostasía.

Nadie puede negar que el camino indicado por Pío XI..:

Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.

… no es otro que el camino de apostasía iniciado en la Reforma protestante y, sobre todo, a partir de la Ilustración. Esa que Benedicto XVI alaba diciendo que obtuvo grandes logros. Esa cuya doctrina en materia de libertad religiosa asumió el Concilio Vaticano II.

No es de extrañar que Mons. Athanasius Schneider (¿otro cismático?) relacione el CVII con el sincretismo de Asís y el sincretista documento de Abu Dhabi, en el que se afirma que Dios quiere la pluralidad de las religiones. Pluralidad que vimos actuar a pecho descubierto durante la celebración pagana en honor a la Pachamama en los jardines del Vaticano en octubre del año pasado, en pleno Sínodo para la Amazonia.

¿Quién es el cismático, señores míos? ¿Qué creen que le habría pasado a un obispo anterior al CVII si hubiera dicho que era necesario reconocer y asumir que la Ilustración había reconquistado la verdadera doctrina sobre los derechos del hombre y la libertad religiosa?

Amicus Plato, sed magis amica veritas

¡¡Viva Cristo Rey!!

Luis Fernando Pérez Bustamante

Aunque lo diga Francisco, Jesucristo no justificó a todos los hombres

En la homilía del lunes 4 de mayo del 2020, el papa Francisco hizo la siguiente afirmación:

Ese “todos” es la visión del Señor que vino por todos y murió por todos. “¿Y también murió por aquel desgraciado que me ha hecho la vida imposible?”. También murió por él. “¿Y por aquel bandido?”: murió por él. Por todos. E incluso por la gente que no cree en él o es de otras religiones: murió por todos. Eso no quiere decir que se deba hacer proselitismo: no. Pero Él murió por todos, justificó a todos.

Vaya por delante que las palabras de un pontífice en una homilía improvisada -y el vídeo de la misma muestra que no fue leída- difícilmente pueden ser consideradas magisterio pontificio. Pero no por ello es menos grave que un Papa afirme algo que contradice expresamente la enseñanza de la Iglesia.

En el Decreto sobre la Justificación del Concilio de Trento, capítulo III, leemos:

No obstante, aunque Jesucristo murió por todos, no todos participan del beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunican los méritos de su pasión. Porque así como no nacerían los hombres efectivamente injustos, si no naciesen propagados de Adan; pues siendo concebidos por él mismo, contraen por esta propagación su propia injusticia; del mismo modo, si no renaciesen en Jesucristo, jamás serían justificados; pues en esta regeneración se les confiere por el mérito de la pasión de Cristo, la gracia con que se hacen justos.

Y en el capítulo VI, vemos:

Dispónense, pues, para la justificación, cuando movidos y ayudados por la gracia divina, y concibiendo la fe por el oído, se inclinan libremente a Dios, creyendo ser verdad lo que sobrenaturalmente ha revelado y prometido.

Item más, dice el capítulo VII:

A esta disposición o preparación se sigue la justificación en sí misma: que no sólo es el perdón de los pecados, sino también la santificación y renovación del hombre interior por la admisión voluntaria de la gracia y dones que la siguen; de donde resulta que el hombre de injusto pasa a ser justo, y de enemigo a amigo, para ser heredero en esperanza de la vida eterna.

Y para que quede meridianamente claro, añade el capítulo VIII:

Cuando dice el Apóstol que el hombre se justifica por la fe, y gratuitamente; se deben entender sus palabras en aquel sentido que adoptó, y ha expresado el perpetuo consentimiento de la Iglesia católicaa; es a saber, que en tanto se dice que somos justificados por la fe, en cuanto esta es principio de la salvación del hombre, fundamento y raíz de toda justificación, y sin la cual es imposible hacerse agradables a Dios, ni llegar a participar de la suerte de hijos suyos. En tanto también se dice que somos justificados gratuitamente, en cuanto ninguna de las cosas que preceden a la justificación, sea la fe, o sean las obras, merece la gracia de la justificación: porque si es gracia, ya no proviene de las obras: de otro modo, como dice el Apóstol, la gracia no sería gracia.

Queda claro por tanto que no se puede decir de ninguna manera que Jesucristo justificó a todos los hombres, y mucho menos a los que no creen en Él y son de otras religiones. Tal afirmación es contraria al evangelio de Cristo, a la fe de la Iglesia. Y tal error es aún más grave si se le añade la oposición al proselitismo, que consiste en buscar la conversión de los incrédulos, de los no cristianos.

Seguir leyendo “Aunque lo diga Francisco, Jesucristo no justificó a todos los hombres”

Esa no es la Iglesia Católica

Solo desde la ceguera o desde el desconocimiento se puede sostener la postura de que lo que está ocurriendo en Roma, con el Sínodo para la Amazonia, tiene algo que ver con la fe católica y con la Iglesia de Cristo.

Ni el sincrético, y por tanto apóstata, Instrumentum Laboris, al que el Pontífice tuvo el cuajo de llamar texto “mártir”, ni las ceremonias paganas en los jardines vaticanos y la iglesia romana de Santa María Transportina, ni las intervenciones de obispos modernistas en la asamblea sinodal, ni el nombramiento de una mayoría aplastante de prelados heterodoxos para la comisión que redactará la Relatio Final tienen algo que ver con la Escritura, la Tradición y el Magisterio.

Por supuesto,  en el sínodo hay algunos obispos, pocos, que son plenamente católicos. En ellos sí “subsiste” la Iglesia de Cristo. Pero su defensa de la fe católica sirve como excusa para dar la idea de que esa fe, precisamente esa fe, puede estar en discusión. La verdadera Iglesia de Cristo es columna y baluarte de la verdad. Por tanto, una asamblea sinodal en la que la verdad es cuestionada o discutida, cuando no directamente aniquilada, no es un sínodo de la Iglesia fundada por nuestro Señor.

El ministerio de Pedro, tal y como lo instituyó nuestro Señor Jesucristo, es de servicio a la Iglesia, de servicio a la verdad. Pues bien, en 20 siglos largos de historia de la Iglesia no ha existido, ni de lejos, un Pontífice que represente de forma tan clara y notoria exactamente lo contrario a lo que Cristo quiso para Pedro y sus sucesores. Han existido papas inmorales, necios, tibios, etc. Pero hasta ahora ninguno fue un destructor de la fe. No es de extrañar por ello que el cardenal Brandmuller haya declarado que estamos probablemente ante los hechos escatológicos que aparece en el Nuevo Testamento.

Llegados a este punto, no es aventurado señalar que antes del cónclave que eligió a Benedicto XVI se produjo la actuación de una mafia cardenalicia que quiso impedir dicha elección. Así lo reconoció uno de los miembros de dicho grupo, el cardenal Danneels. ¿Y quién era el candidato de los purpurados mafiosos para ocupar la silla de Pedro en vez de Benedicto XVI? Pues ni más ni menos que el cardenal Jorge Mario Bergoglio.

Nada dijo Danneels sobre la posible actuación de su mafia en el cónclave que siguió a la renuncia al papado por parte de Benedicto XVI, pero lo cierto es que el Papa elegido fue el que ellos querían. La sospecha, que no certeza, es legítima. Y mucho más si vemos que se está llevando adelante su plan, el de la “modernización” de la Iglesia. Ese era su deseo. Si acaso, mejor que llamar modernización a este proceso, debemos llamarlo mundanización de la Iglesia -se sigue gran parte del guión del Nuevo Orden Mundial- y apostasía generalizada, que consiste tanto en la expansión del modernismo como en el silencio de quienes deben velar por la sana doctrina.

Nada de esto, como indica el cardenal Brandmuller, debería pillarnos del todo por sorpresa. Los apóstoles nos advirtieron de la llegada de falsos maestros, incluso de la presencia entre nosotros de verdaderos anticristos. Y San Pablo indicó que la gran apostasía llegaría antes del fin, de la aparición del hombre de perdición, que ocupa el lugar que solo a Dios corresponde. A ello podemos añadir el mensaje claro y rotundo que nos ha llegado del cielo a través de las apariciones de la Madre del Señor y Madre nuestra.

Si realmente estamos ante la hora previa al final, cosa que no afirmo pero cada vez lo creo más, lo que nos queda por delante es literalmente horrendo. Tanto que, como dijo nuestro Señor Jesucristo, el Padre acortará los días por causa de sus elegidos.

Precisamente una de las plegarias eucarística contiene la oración “cuéntanos, Señor, entre tus elegidos”. Si así lo pedimos y así se nos concede, estaremos entre aquellos que describe el libro del Apocalipsis en su capítulo 12, versículo 17

Y se llenó de ira el dragón contra la mujer, y se fue a hacer la guerra al resto de su descendencia, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.

Cristo, ven pronto.

Luis Fernando Pérez Bustamante

El papa Francisco, el profeta Jonás y la falsa misericordia


En su homilía de ayer en la Misa de Santa Marta, el papa Francisco tuvo a bien usar el mal ejemplo del profeta Jonás para arrojarlo a la cara de los cristianos que, según él, ponen condiciones a Dios para que ejerza su misericordia.
Dijo:

 El diálogo entre el Señor y Jonás es fuerte, entre dos testarudos. Jonás, terco con sus convicciones de fe, y el Señor terco en su misericordia: nunca nos deja, llama a la puerta del corazón hasta el final, está ahí. Jonás, testarudo porque concebía la fe con condiciones; Jonás es el modelo de esos cristianos “siempre que”, cristianos con condiciones. “Yo soy cristiano pero siempre que las cosas se hagan así. No, no, esos cambios no son cristianos. Eso es herejía. Eso no va…”. Cristianos que condicionan a Dios, que condicionan la fe y la acción de Dios.

Ese “siempre que” hace encerrarse a muchos cristianos en sus ideas y acaban en la ideología: es el mal camino de la fe a la ideología. Y hoy hay tantos así, y esos cristianos tienen miedo: de crecer, de los retos de la vida, de los desafíos del Señor, de los retos de la historia, apegados a sus convicciones, en sus primeras convicciones, en sus ideologías. Son los cristianos que prefieren la ideología a la fe, y se alejan de la comunidad, tienen miedo de ponerse en las manos de Dios y prefieren juzgarlo todo, pero desde la pequeñez de su corazón. Las dos figuras de la Iglesia de hoy: la Iglesia de los ideólogos que se agarran a sus ideologías, y la Iglesia que hace ver al Seños que se acerca a todas las realidades, que no tiene asco: las cosas no dan asco al Señor, nuestros pecados no le dan asco, Él se acerca como se acercaba a acariciar a los leprosos, a los enfermos. Porque Él vino para curar, para salvar, no para condenar.

Bien, no sé muy bien a cuántos cristianos conoce el Papa que estén en contra de que los pecadores se puedan arrepentir y ser salvados, que es exactamente lo que le ocurría al profeta Jonás. Yo reconozco que no conozco a ninguno.

De hecho, el problema con ese profeta no es que quisiera juzgarlo todo, sino que no quería dar a los ninivitas la oportunidad de arrepentirse. Como bien indica el Pontífice:

Jonás reprocha al Señor: “Señor, ¿no es esto lo que me temía yo en mi tierra? Por eso me adelanté a huir a Tarsis, porque sé que eres compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, que te arrepientes de las amenazas. Ahora, Señor, quítame la vida; más vale morir que vivir”.

El Señor, ciertamente, es compasivo y misericordioso, pero su misericordia, diga lo que diga este Papa, tiene una condición: aquellos que son objeto de su compasión deben arrepentirse. Y eso fue exactamente lo que hicieron TODOS los ninivitas:

Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron con rudo sayal, desde el más importante al menor.
Jon 3,5

Ahora imaginémonos por un momento que los ninivitas hubieran tenido a mano la exhortación apostólica Amoris Laetitia. Y que hubieran actuado conforme al punto 301 de la misma:

… ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante. Los límites no tienen que ver solamente con un eventual desconocimiento de la norma. Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma» o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa.

Estimado papa Francisco: ¿Qué les hubiera pasado a los ninivitas si tras comprender bien las palabras del profeta hubieran decidido seguir con su modo de vida? ¿se hubieran salvado?

Esto no es una cuestión de ideologías. Es una cuestión de fe y de moral. Es una cuestión de fidelidad al evangelio o de corrupción del mismo.

Usted pretende que la misericordia de Dios alcanza a quienes no se arrepienten de verdad de sus pecados, a quienes quebrantan la ley de Dios por encontrarse en condiciones concretas (¿cuáles?), ignorando que el propio Dios nos capacita para resistir siempre al pecado:

No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla.
1 Cor 10,13

El drama que sufre la Iglesia hoy no es que haya profetas que no quieren que la gente se arrepienta y cambie de vida, sino que usted, que está llamado a confirmar a los hermanos en la fe, afirma que quien vive en adulterio puede llegar a seguir viviendo así sin culpa alguna. Usted no es el profeta que no quiere ir a predicar la conversión a Nínive aunque finalmente va y la gente se convierte. Es el falso profeta que va a Nínive a dar a los ninivitas la justificación para seguir pecando. Usted no predica la verdadera misericordia que nos libera del pecado, sino una falsa misericordia que deja al pecador esclavizado, y pretendidamente justificado, de sus malas acciones.

Y no contento con hacer eso, lanza insinuaciones condenatorias a los cristianos que quieren ser fieles al depósito de la fe, a quienes ha acusado en repetidas veces de rigoristas, fariseos, avinagrados, etc.

La fe católica que yo profeso me indica que debo estar siempre “Con Pedro y bajo Pedro”. Pero si Pedro va en contra de la voluntad de Dios, habrá que recordar lo que le dijo San Pablo en Antioquía:

Ahora bien, cuando llegó Cefas a Antioquía, tuve que encararme con él, porque era reprensible…
… Pero cuando vi que no se comportaban correctamente, según la verdad del Evangelio, le dije a Pedro delante de todos…
Gal 2,11-14

Y, aún más, recordar lo que le dijo Cristo justo después de asegurar que sobre él edificaría su  Iglesia:

Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
Mat 16,23

Por tanto, “Con Pedro y bajo Pedro” si Pedro está con Cristo y bajo Cristo. Si predica otro evangelio, como es su caso, obedeceremos al Espíritu Santo, que inspiró a San Pablo a escribir:

Pues bien, aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os predicara un evangelio distinto del que os hemos predicado, ¡sea anatema! Lo he dicho y lo repito: Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis, ¡sea anatema!
Gal 1,8-9

Levántate Señor, y juzga tu causa.

Luis Fernando Pérez Bustamante

Amoris Laetitia 301, los Diez Mandamientos y la gran mentira

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica en su numeral 2068:

El Concilio de Trento enseña que los diez mandamientos obligan a los cristianos y que el hombre justificado está también obligado a observarlos (cf DS 1569-1670). Y el Concilio Vaticano II afirma que: “Los obispos, como sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor […] la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación”

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica en su numeral 2072:

Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano.

Dice Amoris Laetitia en su punto 301:

… ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante. Los límites no tienen que ver solamente con un eventual desconocimiento de la norma. Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma» o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa.

Bien, donde pone “norma”, entiéndase mandamiento de Dios. El contexto es el de las relaciones adúlteras (divorciados vueltos a casar), y el sexto mandamiento del Decálogo es muy claro: «No cometerás adulterio» (Ex 20, 14; Dt 5, 17).

Amoris Laetitia pretende que un sujeto, aun conociendo bien el mandamiento -o sea, no hay ignorancia invencible- sobre el adulterio, puede seguir adulterando sin culpa.

La cuestión es: lo que vale para el sexto mandamiento, ¿no vale para los demás?

¿Se puede ser bautizado y no amar a Dios sobre todas las cosa sin culpa?

¿Se puede ser bautizado y tomar el nombre de Dios en vano y caer en idolatría sin culpa?

¿Se puede ser bautizado y no santificar el Día del Señor sin culpa?

¿Se puede ser bautizado y deshonrar a padre y madre sin culpa?

¿Se puede ser bautizado y ser un asesino sin culpa?

¿Se puede ser bautizado y ser un adúltero sin culpa?

¿Se puede ser bautizado y ser un ladrón sin culpa?

¿Se puede ser bautizado y ser calumniador y mentiroso sin culpa?

¿Se puede ser bautizado y desear lo ajeno sin culpa?

Según Amoris Laetitia, sí se puede.

Seguir leyendo “Amoris Laetitia 301, los Diez Mandamientos y la gran mentira”

Oísteis que Cristo y los apóstoles dijeron, pero yo os digo

En la “Iglesia” del nuevo paradigma hay cambios que conviene tener en cuenta. Por ejemplo:

“Oísteis que Cristo dijo que quien se divorciara y volviera a casar se convertiría en un adúltero, pero yo os digo que depende, según y cómo, y que en todo caso si creéis que estáis en paz con Dios, adelante”.

“Oísteis que Cristo dijo `Id al mundo entero y predicad el evangelio a toda criatura´, pero yo os digo que si hacéis proselitismo es pecado, que basta con que deis ejemplo con vuestra vida y que solo si se os pregunta podéis hablar”

“Oísteis que san Pedro dijo respecto a Cristo que `en ningún otro está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el que tengamos que ser salvados´, pero yo os digo que Dios quiere la pluralidad de las religiones así como quiere que haya muchas razas y dos sexos”.

“Oísteis que San Pablo dijo que quien predique otra evangelio debe ser anatema, pero yo os digo que los verdaderos cismáticos son los que pretenden que la Iglesia sea fiel a la Tradición y no se adaptan a los cambios introducidos en las últimas décadas”

“Oísteis que San Pablo dijo `un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos´, pero yo os digo `Libertad, igualdad, fraternidad´”

Cristo, ven pronto.

Que nadie en modo alguno os engañe. Primero tiene que llegar la apostasía y manifestarse el hombre de la impiedad, el hijo de la perdición, el que se enfrenta y se pone por encima de todo lo que se llama Dios o es objeto de culto, hasta instalarse en el templo de Dios, proclamándose él mismo Dios.
2 Tes 2,3-4

Luis Fernando Pérez Bustamante

 

Como dicen que ven, su pecado permanece

Ave Maria, gratia plena

Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?». Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece.
Jn 9,39-41

Una de las realidades con que se encuentran aquellos que han recibido del Señor la gracia de ser luz en medio de las tinieblas, de defender la santa doctrina contra los herejes y apóstatas que pretenden llevar al pueblo de Dios hacia el abismo, es la falta de respuesta positiva de aquellos que protagonizan esa labor destructora.

Aunque en ocasiones la buena predicación, la difusión de la sana doctrina, trae resultados visibles, caso de San Juan el Bautista -muy popular entre el pueblo de Israel-, lo habitual es que ocurra lo contrario. Sigue siendo cierto aquello de que “vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3,19).

El apóstol san Pablo nos exhortó para que “no seamos niños sacudidos por las olas y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, en la falacia de los hombres, que con astucia conduce al error” (Ef 4,14). Hoy no son vientos, sino huracanes de heterodoxia los que se ciernen sobre la barca de Pedro, mientras que parece que el Señor simplemente… duerme. Mas a su debido tiempo, se levantará y calmará la tempestad o regresará a por los suyos.

Mientras tanto, hoy, igual que ayer e igual que hace 20 siglos, la luz prevalece sobre las tinieblas. Y si en verdad somos hijos de la luz, no cabe la desesperación ni el derrotismo ante la falta de respuesta positiva de gran parte de los que viven en la ceguera del modernismo y/o del oficialismo. Solo el Señor sabe quiénes son los suyos, aquellos a los que ha elegido para perseverar en fidelidad en medio de la apostasía. A ellos nos debemos, para mayor gloria de Dios.

Y, sobre todo, recordemos que nuestra principal batalla es contra el pecado: “Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado” (Heb 12,4). Nos toca obrar por gracia según el mandato apostólico: “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna” (1 Tim 6,12). Y a los ciegos guías de ciegos, recordarles de vez en cuando las palabras de Cristo: “Vuestro pecado permanece”.

Laus Deo Virginique Matri

Luis Fernando Pérez Bustamante

La Pontificia Comisión Bíblica y la grabadora de Sosa

Llevo años advirtiendo de vez en cuando del hecho -porque hecho es- de que el mundo de la erudición bíblica católica está absolutamente infectado de las tesis del protestantismo liberal, condenadas primero por los Papas -empezó León XIII- y luego asumidas, sin más, por la jerarquía pontificia, especialmente a partir del CVII, aunque ya con Pío XII hubo indicios de rendición ante el avance de dichas tesis.

Hay quien cree que la cosa no tiene mayor importancia, pero lo cierto es que cuando se asume parte de la teología liberal, al final se acaba asumiendo casi todo. Y si hablamos de la Biblia, el estropicio puede ser, y de hecho es, inmenso.

Muchos de ustedes recordarán el “escándalo” que se montó cuando el P. Arturo Sosa, sj, Prepósito General de la Compañía de Jesús, dijo aquello de que no podíamos tener certeza de las palabras de Cristo porque por entonces no había una grabadora.

Pues bien, es más o menos lo mismo que aparece en uno de los documentos más importantes de la Pontificia Comisión Bíblica: “La interpretación de la Biblia en la Iglesia”. Es un texto del año 1993 y aunque no tiene rango magisterial, sí recibió el visto bueno tanto del Papa de entonces, San Juan Pablo II, como del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Joseph Ratzinger, luego papa Benedicto XVI. Tras hablar de las maravillas del método histórico-crítico, del que les aseguro que si se aplicara a textos profanos saldría un resultado que no aceptaría nadie, los autores del texto arremeten contra los “malos” de la película, sobre todo en el último medio siglo: los fundamentalistas.

Cito:

En lo que concierne a los evangelios, el fundamentalismo no tiene en cuenta el crecimiento de la tradición evangélica, sino que confunde ingenuamente el estadio final de esta tradición (lo que los evangelistas han escrito) con el estadio inicial (las acciones y las palabras del Jesús de la historia).

Ahí lo tienen. Si es de los que piensa que lo que aparece en los evangelios como palabras y obras de Cristo son realmente las palabras y obras de Cristo, queda usted calificado de ingenuo y fundamentalista.

Es decir, cuando san Juan afirma esto…:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo de la vida, pues la vida se ha manifestado: nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y que se nos ha manifestado-, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo.
(1 Jn 1,1-3)

… no dice la verdad. En realidad lo que tenemos en los evangelios es, según esa Pontificia Comisión “el modo como las primeras comunidades cristianas han
comprendido el impacto producido por Jesús de Nazareth y su mensaje“. O sea, los evangelios no son las palabras y hechos de Cristo sino la manera en que las primeras comunidades cristianas lo interpretaron. Pero claro, comprenderán ustedes que las comunidades cristianas de hoy son tan comunidades cristianas como aquellas, de tal manera que hoy podríamos re-escribir los evangelios conforme a la manera en que entendemos, o creemos entender, lo que Cristo dijo e hizo. Y eso es, precisamente, lo que pretende el P. Sosa. Y no solo él, claro. Es el principio fundamental del modernismo. Si ni siquiera tenemos el dato objetivo del discurso y los hechos de Cristo, sino una adaptación de los mismos por parte de unas comunidades cristianas, no hay nada realmente objetivo sobre lo que trabajar para edificar la fe.

Ni que decir tiene que si son capaces de hacer eso con los evangelios, lo hacen también con el resto del Nuevo Testamento. Así tenemos que, según ellos, las epístolas de san Juan no son de San Juan, sino de las comunidades joánicas. Y que nadie piense que san Pablo escribió todas las epístolas que se le atribuyen. Es más, de las dos de San Pedro, puede que una sí sea suya y otra no. Lo que se les ocurra a estos “insignes” eruditos de la nada que llevan destrozando la Biblia desde hace décadas con la complicidad de aquellos que deben velar por mantener íntegra la fe.

Lo peor de todo es que a la práctica totalidad de los seminaristas se les ha contaminado con todas estas teorías. Es milagroso que haya curas jóvenes que crean de verdad que la Biblia es inspirada por Dios y que lo crean en el sentido que la Iglesia lo creyó durante 19 siglos y medio.

La apostasía actual es también fruto del adulterio del mundo de la erudición bíblica católica con el de la erudición protestante liberal. Y al que ose decir algo contra esto, se le pone el sambenito de fundamentalista y se le trata como un pobre loco que vive en la bendita locura de creer de verdad que:

Toda Escritura es inspirada por Dios es también útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena.
2 Tim 3,16-17

Mas las puertas del Hades no prevalecerán. Esa es nuestra esperanza.

Luis Fernando Pérez Bustamante