El verdadero cisma

Una parte tanto del sector ilustrado radical del catolicismo -vulgo “progre”- como del ilustrado conservador (*) -vulgo “neocón”- anda exhibiendo últimamente el espantajo de un cisma visible ante el evidente estado de descomposición de la unidad de la Iglesia. Ambos sectores se han tomado en serio el famoso “hagan lío” del actual Pontífice, Francisco, quien decidió que en vez de dedicarse a cumplir el ministerio de “confirmar a los hermanos en la fe”, era hora de poner prácticamente todo patas arriba, especialmente en lo relacionado a la moral y los sacramentos. Como bien señaló a principios de este año Alonso Gracián:

Amoris laetitia es la constatación de la insana «creatividad» situacionista, conforme a la asimilación irresponsable del alma de la Modernidad. Amoris laetitia es consecuencia del personalismo y de la Nueva Teología.

Se puede hablar de otro sector de la Iglesia, el tradicionalista, muy minoritario pero reactivado últimamente por plumas seglares de reconocida popularidad e incluso por un par de obispos, caso de Mons. Schneider y Mons. Viganò. Este último, conocido en el mundo entero por el caso McCarrick, está “resucitando” el debate sobre el CVII. Debate, curiosamente, al que no prestan apenas atención los radicales, pues dan por amortizado dicho concilio y se disponen a ir más allá del mismo. Las reacciones, en no pocos casos furibundas, contra el cuestionamiento del CVII están llegando de filas conservadoras. Por su parte, el sector lefebvrista del tradicionalismo, protagonista precisamente del último pseudo-cisma oficial (incompleto según el cardenal Castrillón Hoyos) que fue “solucionado” por Benedicto XVI, está “contemplando los toros desde la barrera”, supongo que experimentando una especie de deja-vu. O sea, “esto ya lo hemos vivido”.

En mi opinión el cisma real fue gestado y alumbrado hace ya bastante tiempo. La unidad de la Iglesia es desde hace décadas como la vida del toro al que el torero acaba de entrar a matar eficazmente. Todavía se tiene de pie, pero está más muerto que vivo. Solo hace falta un leve toque en la cabeza para que se desplome. Y si no, el descabello.

Ni obispos ni sacerdotes ni religiosos ni seglares de todos los sectores señalados profesan la misma fe. No la profesan en materia moral. No la profesan a nivel litúrgico. No la profesan a nivel de muchos dogmas (¿cuál no ha sido cuestionado?). Es decir, del catolicismo se ha apoderado el espíritu de división típico del protestantismo. Cada cual cree lo que le parece y actúa en consecuencia. Y sin embargo, se ha ido manteniendo una especie de ficción de unidad visible en torno a la figura del papado. 

¿Quién, cuándo y cómo puede provocar un cisma “visible”? Sinceramente, dudo que se produzca algo así. Los alemanes parecen muy cerca de ello, y el cardenal Woelki, que no es precisamente un ultra-conservador, ha advertido en repetidas ocasiones (ver aquíaquí y aquí) que la asamblea sinodal puede acabar muy mal. En un sentido parecido se han pronunciado el cardenal alemán Paul Josef Cordes, el arzobispo de Denver y, hace ya años, el P. Dwight Longenecker. De hecho, los obispos católicos ucranianos se vieron en la necesidad de exhortar a los alemanes a no separarse de las Escrituras y la Tradición.

El último en hablar de cisma en la Iglesia ha sido el cardenal Eijk, arzobispo de Utrech. Y lo ha hecho para decir que no cree que ocurra:

«Muchos hablan del peligro de un cisma, pero pienso que no lo habrá. Pienso más bien que en muchas partes del mundo sucederá lo que ya sucedió con nosotros en Holanda. Hubo una sanación silenciosa a través del recambio generacional. […] Porque, en última instancia, ¿quiénes permanecen en la Iglesia? Prácticamente ya no están los sacerdotes y laicos de 1968, de aquellos años de confusión y con ideas ultra progresistas. En Holanda todavía están los que creen, oran y tienen una relación personal con Cristo».

Al mismo tiempo el cardenal holandés reconoce que la Iglesia sufre una profunda crisis de fe. Estoy de acuerdo con él en el diagnóstico y en el pronóstico, aunque no en las razones para el pronóstico.

Es decir, me parece evidente que la actual no solo es la peor crisis de fe en la historia de la Iglesia, sino que ha alcanzado la categoría de apostasía generalizada. Ciertamente hay elementos de esperanza en África y, aunque menos, en zonas de Asia, pero nunca antes la jerarquía católica había incumplido de forma tan notable su tarea de confirmar en la fe. Entre los que la profanan y los que se callan ante la profanación, el panorama es desolador. Hay doctrinas como el Reinado Social de Cristo (con su triple potestad), la necesidad de estar en gracia para comulgar, la indisolubilidad real, y no meramente nominal, del matrimonio, la verdadera libertad -siempre orientada a la verdad y no como derecho al error-, etc, que han sido aniquiladas o están en proceso de aniquilación. Y salvo unas ligeras protestas sin sustancia -p.e, no caben dudas (dubia) de la heterodoxia de Amoris Laetitia-, prácticamente nadie hace nada.

La verdadera batalla parece librarse entre aquellos que quieren llegar a las últimas consecuencias de la revolución que ya denunció y combatió San Pío X (modernismo), y los que quieren impedir tal cosa pero no tienen la menor intención de desandar lo ya caminado, especialmente en las últimas décadas. Pongo un ejemplo para que se me entienda. Los conservadores esperan que no se avance por el camino del documento de Abu Dhabi firmado por el papa argentino pero no están dispuestos a denunciar el encuentro de Asís protagonizado por el papa polaco. Se repite en la Iglesia el esquema de los liberales tras 1789: radicales que quieren una locomotora que vaya a toda prisa y conservadores que paran el tren pero se mantienen en la misma vía y confirman parte de lo que los primeros han llevado a cabo. Es por eso, y no por el recambio generacional del que habla el cardenal Eijk -¿acaso no hay cardenales jóvenes “progresistas”?-, que pienso que, aunque lo hay de facto, no habrá cisma visible. Progresistas y conservadores tienen más en común de lo que están dispuestos a aceptar.

¿Cómo pienso que saldremos de esta crisis? Creo que la explicación más plausible a lo que está sucediendo es la escatológica. Y que estamos ante lo profetizado por San Pablo en 2ª Tes 2,3 y por algunas apariciones de nuestra Madre y Señora, la Virgen. Las Puertas del Hades no prevalecerán porque el Señor mismo se encargará de impedirlo. Pero solo Dios sabe si estamos en esa situación.

Laus Deo Virginique Matri

Luis Fernando Pérez

(*) Benedicto XVI, en su discurso a la curia romana en las Navidades del 2006, dijo que “es necesario aceptar las verdaderas conquistas de la Ilustración, los derechos del hombre, y especialmente la libertad de la fe y de su ejercicio, reconociendo en ellos elementos esenciales también para la autenticidad de la religión”. Y hay otras declaraciones suyas en ese sentido. En mi opinión representa claramente el catolicismo liberal moderado.

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